Sorpresa en la Bombonera: Boca Juniors cayó 1-0 contra Universidad Católica y quedó eliminado en fase de grupos de la Copa Libertadores después de 32 años. La última vez que había sucedido fue con el equipo dirigido por César Luis Menotti en 1994 (con Alianza Lima en 2025 sucedió en la instancia de Repechaje). El Xeneize terminó tercero en el Grupo D y jugará la Sudamericana en el próximo semestre.

Otra noche catastrófica, de fin de ciclo generalizado, con pinceladas de la noche fatídica Alianza Lima, con el peso de tres años sin títulos y otro paso fugaz por la Libertadores que tiñe de fracaso el semestre y mancha con tinta indeleble al mismísimo Juan Román Riquelme, indisimulable responsable de otro papelón. El pato, como siempre, lo va a pagar el técnico de turno que en definitiva hizo lo que pudo y la pifió como la pifiaron otros. Ibarra, Battaglia, Gago, Martínez. Ubeda se suma al club de los entrenadores a los que les quedó enorme el cargo, pero el verdadero responsable no se dejó ver anoche en una Bombonera que tuvo piedad y dejó una cortina de silbidos y algunos insultos antes de soltar, casi por no poder contenerlo, el «que se vayan todos» y «la Comisión, la Comisión», que no dejan a nadie fuera del aplazo. Boca terminó con un jugador desgarrado, un Paredes que apenas se podía mover, y un Cavani cada vez más abrigado que desde el palco suma a esta postal de la debacle.

Un rato largo antes del gol de Católica, un verdadero electroshock para toda la Bombonera, Boca estaba desenfocado, fuera de eje. El movete Boca movete con el que la gente reaccionó al tremendo zurdazo de Montes puso en palabras el clima que se estaba cocinando en la cancha, reflejo de un equipo que salió a jugar como si fuera un partido más y no una final que definía un semestre, un año, la suerte de un entrenador, de parte del plantel… y del futuro político de una dirigencia.

Paredes, con una visible molestia en el isquio derecho, no fue factor. No salió porque era un partido definitorio, y ni siquiera el Mundial inminente lo inmutó. Y así, limitado como estaba en sus movimientos, su presencia en cancha fue simbólica, para apostar a que con alguna pelota parada suya pudiera salir algo bueno. Como fuere, el gol chileno sólo encendió la paciencia de un público que despidió a Boca con silbidos, a las claras que algo tenía que cambiar.