Ex secretario de Cultura, director del Teatro Colón e impulsor de festivales como el BAFICI sufría de ELA. Dirigía la Cátedra Vargas Llosa, escribió hasta el final sus columnas encendidas y realizó un ciclo con entrevistas a exiliados, disidentes y creadores.

Dos meses antes de morir, Darío Lopérfidocompartió algo estremecedor y penosamente realista: “El Darío de antes de la enfermedad ya murió”. Lo publicó en la revista de cultura y política Seúl, en una columna titulada “Tener ELA es una mierda”, donde describió también sin ambages: “Caminás pésimo, la voz se te vuelve de borracho y comés con el riesgo de que se te caiga la baba”. Destacó, como cosa del pasado, que había sido un buen polemista; sin embargo, hasta el final de su vida siguió escribiendo columnas que creaban chispas.

La ELA le había quitado la voz, el paso firme, la vida social. La pasión contendiente, no. Quizá no todo el Lopérfido de antes de la enfermedad había muerto antes de este 27 de febrero de 2026, cuando se conoció la noticia en Madrid, donde vivió los últimos años. Tenía 61 años

Lopérfido no era un polemista de red social, algo hoy directamente vintage. Su ironía buscaba la estructura de un argumento. Hace poco describió las discusiones entre los argentinos sobre el texto de una ley: “La consigna siempre llega primero. Leer es opcional. Entender, directamente, sospechoso”.

No siempre tuvo razón. En 2016 cuestionó la cifra de 30.000 desaparecidos de la última dictadura, una posición que contradice el consenso de los organismos de derechos humanos e hirió a tantas familias con muertos sin tumba. Pero —otra característica de Lopérfido: una coherencia a pesar de los costos— no rectificó su dicho. Años después, explicó: “Me podría haber retractado y seguir tranquilo o mantenerme en mi posición. Eso hice y me siento orgulloso de mi actitud”.

El escritor Jorge Asís, otro polemista nivel nuclear, lo elogió en el recuerdo: “Uno de los oponentes más inteligentes que tuve en mi vida”. Los unía una mutua simpatía en tensión porque habitaban trincheras políticas opuestas. Cuando Lopérfido asumió como secretario de Cultura y Comunicación durante el gobierno de Fernando de la Rúa —contó Asís— “recuerdo haber hecho alguna ironía en una entrevista, dije que salí a buscar sus libros y no los pude conseguir en las librerías”. El chiste siguió: entonces pensó que quizá era pintor, pero tampoco lo conocían en las galerías, que tal vez era bailarín, y así. “Él se divirtió mucho, se rió y muy inteligentemente dijo: ‘Pasa que Asís y yo no somos contemporáneos’”.